A orillas del río Miño, las piedras de Ourense ven fluir una vida tranquila y relajada. Al medio día las calles del casco viejo se llenan de gente para degustar los vinos de la tierra, siendo las preferencias de los gallegos esos tintos que manchan la taza (y lo que pillen por delante) o esos blancos ligeros con un poquito de aguja. Por supuesto, ese vino es menos vino si no se acompaña de un pincho de pulpo o de empanada.
La noche en Ourense se viste de luz y de fiesta. Se vuelve al casco viejo a tomar los vinitos o las cañas y picar o cenar algo y en el mismo casco viejo la marcha no parece tener fin. Hay calles como Lepanto, Pizarro, Lúa... todas cercanas entre sí que son un local de marcha sí, otro también. Mucha gente también opta por acercarse al ensanche, no muy lejano, a los pubs un poco más elegantes y discotecas de la calle Valle Inclán.
Como en todas las ciudades gallegas, en Ourense dejarse caer por los barrios es una invitación al descubrimiento de nuevas sensaciones para el paladar. |  |